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Andrés de Ocampo, el escultor del Cristo de la Hermandad de los Negritos de Sevilla

A los amantes de la Semana Santa y los que gustan de estar informados sobre esculturas e imaginería posiblemente les suene este nombre: Andrés de Ocampo. Jiennense del siglo XVI. Un hombre culto. Un artista. Sus manos han sido las creadoras de la imagen titular de la conocida Hermandad de los Negritos, en Sevilla, del Cristo de la Fundación, al que sevillanos y no sevillanos profesan gran devoción. Otras tallas obra de este jiennense son los crucificados del Convento de Santa Marta en Córdoba o el de Comayagua en Honduras. También es autor de una pareja de relieves en piedra que hizo para el Palacio de Carlos V de Granada, en los que el protagonista es el mitológico Hércules.

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Andrés de Ocampo es la participación de Jaén en la llamada época Siglo de Oro del arte español. Junto a él otro señero escultor, este sí, bastante conocido, el alcalaíno Martínez Montañés.

Andrés de Ocampo, nacido en Villacarrillo, participó en el período que delimita la transición del Renacimiento al Barroco. Es un caso peculiar de nómada aventurero que, para poder vivir, y bastante bien, de su arte se sometió a las reglas de la época que regían en el mundo del arte y se integró en el sistema de encargos de la iglesia católica, residiendo la mayor parte del tiempo en la capital económica de la época en España: Sevilla, la ciudad que centralizaba el comercio con las Indias.

En el aspecto personal hay que señalar que vivió durante su infancia en Villacarrillo (allí nació alrededor de 1555) y Úbeda, trasladándose la familia más tarde a Sevilla, donde su padre, el ingeniero Francisco de Ocampo tenía intereses económicos. Allí se inició en la escultura y aprobó el examen como escultor y arquitecto a principios de 1575.

En su larga vida para la época (alcanzó casi los setenta años) se casó cuatro veces, la segunda con la viuda de un arquitecto y hermana del que había sido su maestro, Jerónimo Hernández. Tuvo tres hijas y, al morir hizo un curioso reparto de su herencia: sus bienes económicos para sus hijas (figuraban en la relación dos edificios en Sevilla y uno en Córdoba), y las posesiones artísticas a su sobrino, discípulo y también escultor Francisco de Ocampo.

Andrés de Ocampo fue un hombre culto, como puede deducirse de los libros que componían su biblioteca al morir y las relaciones con otros artistas de la época como el pintor Francisco Pacheco, el escultor Juan Martínez Montañés y los escritores Miguel de Cervantes y Fray Luis de Granada.

Realizó una multitud de encargos, entre los que destacan los retablos y relieves en numerosas iglesias y conventos, algunos desaparecidos con los edificios en los que se hicieron. Entre ellos figuran el retablo del convento de Dueñas, el retablo mayor de Santa Paula, el retablo de San Martín o el Descendimiento de la parroquia de San Vicente.

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